
Su autor es José María Latorre. Editorial Alfaguara.
«La profecía del abad negro» es un libro de ambientación anglosajona, en el que Latorre emplea con corrección las convenciones del horror sobrenatural. Tras un par de capítulos de presentación -bastante convencionales y aburridos-, comienza a vertebrarse la historia y, sobre todo, el adecuado clima de angustia y terror: la londinense Ada Boyle, profesora de literatura y autora de un libro sobre antiguas leyendas celtas, acepta una oferta de trabajo en un colegio de una apartada localidad del interior de Inglaterra. A su llegada, una atmósfera sombría y decadente impregna el pueblo, en especial el Hampton Collage, un viejo caserón victoriano de aspecto siniestro. Poco a poco, va familiarizándose con el lugar y conociendo a sus recelosos moradores: un viejo loco que la conmina a marcharse, el reservado conserje que la acompaña a su nueva residencia, sus compañeros de trabajo, la arisca directora, y los Fenton: dos jóvenes estudiantes de costumbres peculiares. La noche siguiente a su llegada, Ada decide inspeccionar los alrededores y, en especial, los restos de una antigua abadía en ruinas en la que, se cuenta, siglo y medio atrás un abad oficiaba ceremonias e invocaciones satánicas con las que pretendía alcanzar la inmortalidad.
Escenas sórdidas (la llegada a una lúgubre estación de tren bajo la lluvia torrencial, una travesía nocturna entre antiguos edificios desdibujados por la bruma, un paseo por un cementerio abandonado a la luz de la luna, el descubrimiento de la abadía en ruinas), detalles que denotan inquietud (el estruendo de la lluvia martilleando el tejado, ventanas que se abren al fragor de la tormenta, un armario que chirría en la noche, un rostro difuso asomado a la ventana), la soledad y el silencio de los parajes desolados, un viejo grimorio sobre demonolatría y ocultismo, una profecía aterradora, fuerzas malignas que permanecen ocultas... recursos cotidianos y sobrenaturales que contribuyen a crear, por acumulación, una atmósfera de desasosiego proclive al terror, donde la climatología y el paisaje ocupan un papel esencial.